Construyendo enemigos en el Mundial. Notas de criminología mediática sobre Argentina.
Analiza el fenómeno de la "argentinofobia" en el Mundial y cómo los algoritmos y la criminología mediática crean un chivo expiatorio digital.
Roberto A. Ramos E.
Está por concluir la copa del mundo y en estos últimos días de pasión y futbol, hay un término que se ha venido asomando en las pantallas de nuestros dispositivos móviles: “argentinofobia” que, no es más que el rechazo en contra de la Argentina y su gente. Algunos lo llaman odio, pero parece grave denominar con una palabra tan violenta a un movimiento que, en el mejor de los casos sólo es una especie de enojo colectivo.
El punto de partida para entender la llamada "argentinofobia" en este mundial no está en las calles de Buenos Aires, sino en las pantallas de nuestros teléfonos. Todo fenómeno de rechazo masivo necesita un detonante real, una chispa que sirva de justificación. En este caso, la chispa han sido las conductas individuales de ciertos personajes públicos: presentadores de televisión que, arropados por un micrófono y una actitud de superioridad, lanzaron comentarios despectivos hacia otros países, y la reciente sanción diplomática a una vicegobernadora argentina, declarada persona non grata en Francia tras emitir declaraciones con tintes racistas.
Incluso hay algunos videos cortos donde, en plazas públicas de la Argentina, entrevistan a diversas personas y preguntan: ¿Por qué el mundo nos odia? Y muy tranquilamente contestan la gran mayoría que: son superiores, que les tienen envidia, que tienen a Messi, etcétera. Aunque la respuesta no sea del agrado de todos, me parece sincera y no encuentro justificación para “odiarlos”. La soberbia puede caer mal, pero no puede ni debe detonar la violencia. Posiblemente futbolísticamente hablando y lejos de los escándalos con la FIFA y la AFA, sí tienen una selección ampliamente superior, claro que puede haber envidia hacía su selección y sí, tienen a un gran jugador llamado Messi.
Desde la perspectiva de la criminología mediática, estos episodios son lo que llamamos "hechos ancla". Son eventos reales, reprobables y visibles que los medios de comunicación y las plataformas digitales utilizan para construir un relato mucho más grande y peligroso.
El problema humano y social comienza cuando el entorno digital procesa esta información. En el mundo real, entendemos que la soberbia de un conductor de televisión o el racismo de una funcionaria son responsabilidades exclusivamente suyas. Sin embargo, en el ecosistema de las redes sociales, el algoritmo no busca educar ni matizar; busca jugar con nuestras emociones. Un video que genera indignación se comparte diez veces más que uno que genera paz. Y Un video que se comparte diez veces, se convierte en una verdad.
Así, las plataformas toman estos videos específicos, los viralizan de forma masiva y alteran nuestra percepción. La pantalla deja de mostrarnos la conducta de un individuo y, de forma casi invisible, nos convence de que estamos viendo el comportamiento estándar, la naturaleza y el pensamiento de 46 millones de personas. La chispa individual se convierte, artificialmente, en un incendio colectivo.
Una vez que la chispa de la indignación está encendida, entra en juego el principal mecanismo de la criminología mediática: la totalización. Este es un truco de magia social tan viejo como los propios medios de comunicación, pero que hoy las redes sociales ejecutan a la velocidad de un clic. Consiste, básicamente, en tomar una pequeña parte de la realidad y hacer creer al público que esa parte representa al todo.
En el día a día, las personas no tenemos el tiempo ni los recursos para investigar a fondo la cultura, la política o la diversidad de cada país. Para ahorrar energía, nuestro cerebro utiliza etiquetas y estereotipos. Los creadores de contenido, los programas de debate deportivo y los algoritmos digitales saben esto perfectamente y lo aprovechan. Es mucho más rentable, rápido y fácil vender una narrativa empaquetada que diga "Argentina es un país soberbio y racista", que sentarse a explicar las complejas realidades socioeconómicas, las diferencias regionales o las divisiones políticas que existen dentro de esa nación.
El peligro de este truco radica en el llamado sesgo de confirmación. Cuando las pantallas bombardean a un usuario una y otra vez con los mismos tres o cuatro videos de presentadores arrogantes, el TikTok reitera esos pequeños fragmentos que ahondan más en la controversia, el espectador empieza a creer que está descubriendo una "verdad oculta". Cada nuevo video que aparece en su inicio no se interpreta como una excepción, sino como la "prueba máxima" que confirma su prejuicio.
De este modo, se borra por completo la individualidad. El ciudadano argentino común —el trabajador, el estudiante, el médico— queda despojado de su propia voz ante los ojos del mundo exterior. En la arena mediática del Mundial, ya no importa quién eres ni cómo actúas; si llevas la camiseta albiceleste, el relato repetido hasta el cansancio te juzga, te señala y te condena por los pecados de unos cuantos personajes con micrófono.
El Mundial de fútbol no es solo un evento deportivo; es una olla a presión de emociones colectivas, el perfecto caldo de cultivo para dejar salir un poco de violencia, aunque sea simbólica y mediática. El evento como un gigantesco escenario donde las naciones proyectan sus identidades, pero también sus frustraciones. La criminología mediática explica que, cuando una sociedad o una comunidad digital experimenta tensiones, a menudo necesita un "enemigo común" para canalizar su malestar y unificarse: el “otro”. A este fenómeno se le conoce como la creación de un chivo expiatorio.
En este torneo, la "argentinofobia" encontró la mezcla perfecta. Por un lado, está el éxito deportivo histórico de Argentina y su conocida cultura futbolística, caracterizada por una competitividad extrema que muchas veces se interpreta desde fuera como provocación. Por el otro, están los videos virales de personajes arrogantes que ya mencionamos y por ultimo las controversias de la FIFA y la AFA señaladas de supuestos arreglos y sobornos para beneficiar a la selección argentina. Al fusionar estos elementos, los medios y las redes sociales construyeron el villano ideal, un enemigo funcional.
Convertir a todo un país en el chivo expiatorio cumple una función muy específica en el entorno digital: otorga una especie de "permiso moral" para atacar. Bajo la excusa de que se está combatiendo la soberbia o el racismo de unos pocos, el linchamiento digital hacia cualquier argentino se vuelve socialmente aceptable e incluso se aplaude como un acto de justicia o una "revancha legítima". Nada más lejos de la realidad con eso, la polarización mediática esta dejando declaraciones lamentables de parte de todos y no consideran el daño social real que están provocando.
El fútbol, que debería ser un espacio de encuentro y rivalidad sana, termina siendo utilizado por la maquinaria mediática como una pantalla de humo que justifica el acoso colectivo, demostrando cómo el odio digital siempre necesita disfrazarse de heroísmo para poder expandirse sin culpa.
Para desmontar definitivamente la caricatura que construyen las pantallas, el análisis debe salir obligatoriamente del plano digital y mirar la historia real, el que esto escribe tiene amigos argentinos a los cuales admira profundamente y con quien lleva una relación de respeto y trabajo mutuo. Es en este punto donde la narrativa de la "argentinofobia" muestra su mayor debilidad intelectual: comete el error de definir la identidad profunda de un pueblo basándose únicamente en el discurso de sus élites mediáticas o políticas de turno. La historia de Argentina demuestra una realidad radicalmente opuesta a la que pretenden instalar los algoritmos.
Estamos hablando de una sociedad profundamente resiliente, cuya identidad se ha forjado en la resistencia y la superación de traumas colectivos extremos. Argentina ha sobrevivido a dictaduras militares sangrientas y violentas que diezmaron a generaciones y dejaron heridas abiertas que aún hoy intentan sanar. Ha soportado crisis económicas demoledoras que habrían desintegrado el tejido social de cualquier otra nación, y lo ha hecho reinventándose a través de la solidaridad vecinal, los lazos comunitarios y una incansable movilización popular por los derechos humanos y la justicia social.
La paradoja que nos devela la criminología mediática es tan flagrante como injusta: se reduce a una sociedad caracterizada históricamente por su empatía, su cultura de lucha y su resistencia frente a la adversidad, a los comentarios frívolos de un presentador fanfarrón en un clip de TikTok de treinta segundos. Un político sediento de atención, como su actual presidente, o un conductor de televisión buscando generar polémica para subir su audiencia no definen quién es una sociedad. Definir a los 46 millones de argentinos por las voces más estridentes e irresponsables de su pantalla es ignorar el verdadero motor de su historia: el pueblo argentino.
La llamada "argentinofobia" de este mundial nos deja una lección que va mucho más allá de las canchas de fútbol o de los debates deportivos. Nos demuestra, con alarmante claridad, el inmenso poder que tienen las nuevas tecnologías para moldear lo que sentimos y a quién rechazamos. La criminología mediática nos advierte desde hace décadas sobre este peligro: el odio casi nunca nace de la experiencia real con el "otro", sino de las imágenes distorsionadas y los enemigos caricaturizados que consumimos a través de una pantalla.
El verdadero antídoto contra este fenómeno no es responder a la hostilidad con más hostilidad, sino desarrollar una mirada crítica como espectadores. Debemos aprender a separar el ruido del algoritmo de la realidad de las personas.
Al final del día, cuando el torneo termine, las luces del estadio se apaguen y los creadores de contenido busquen otra polémica para seguir facturando, la realidad seguirá estando ahí. Nos daremos cuenta de que, detrás de la cortina de humo digital, el pueblo argentino sigue siendo esa sociedad bella, solidaria, apasionada y resiliente que la historia ha visto ponerse de pie una y otra vez.